Soñar, el escape de los cobardes
Estaba parada justo en medio del escenario, a punto de realizar el final de mi monólogo, de gritar mi opinión a todo pulmón sin importar nada más que lo que en el guion estaba establecido. La gente observaba expectante, conteniendo la respiración para que ni el sonido del aire al ser exhalado interrumpiera el momento cumbre de la obra. Fue ahí, cuando estaba a segundos de decir mis últimas líneas, que mi cuerpo se paralizó por completo. Frente a la mirada de millones de personas que esperaban con ansias un glorioso desenlace, frente a las cámaras que transmitían lo ocurrido al mundo entero, frente a él, ocurrió el fracaso de mi vida. Petrificada, igual que una estatua de piedra ubicada en plena avenida, así me sentía: sabía que todo el mundo me observaba y, sin embargo, no lograba hacer más que quedarme quieta. Era como estar desnuda, en evidencia frente a todo el mundo. No me sentía bien así, pero ni siquiera el saber que accionar podía posicionarme en un lugar mejor me permitía tener el valor para arriesgarme y tomar las riendas de mi vida. Fue ahí, encontrándome en medio del escenario completamente quieta, que logré observar cómo poco a poco la gente que acompañaba cada uno de mis movimientos se esfumaba, de una manera parecida a la que el papel se convierte en cenizas y luego en polvo: la gente se convertía en humo, y el humo simplemente desaparecía, sin dejar rastro alguno. Sin embargo, ni así, sabiendo que estaba perdiendo a todos los que significaban algo para mí, me animé a continuar. Había algo que me paralizaba y no me dejaba salir de ese casillero en el que por alguna razón yo misma me había encerrado. Ese día, parada en el medio del escenario, en un teatro que había quedado completamente vacío, me di cuenta de que jamás volvería a actuar como antes, me di cuenta de que permanecería en ese casillero por el resto de mi vida, me di cuenta de que mi público no volvería a aparecer, y que el final de mi monólogo no sería más que un simple sueño. Desde ese entonces, mi mente comenzó a inventar nuevos finales, esperando encontrar alguno que yo sí fuera capaz de actuar. A pesar de fracasar continuamente no perdía la esperanza, y seguía buscando nuevas alternativas que eran pinchadas continuamente por mi incapacidad para intentar conseguirlas. Mi mente se frustraba cada vez más, y eso hacía que para ella fuera imposible dejar el miedo al fracaso a un lado; inconscientemente me mostraba las peores alternativas y enfatizaba las peores posibilidades que podían derivar del cambio. Las sensaciones e imágenes horribles que me enviaba terminaban por paralizarme y conseguir que el cambio nunca se produjera. Fue cuando mi capacidad de intentar se evaporó por completo que necesité más que nunca de esos finales alternativos que solo ocurrían en mi imaginación. Ahí, en mi mente, el cambio seguía siendo posible, y a pesar de que todos estos finales se pinchaban en cuanto la realidad me bajaba a la tierra, los seguía inventando. Sabía perfectamente que en cuanto un final se volvía una fantasía era hora de tirar la página y comenzar a escribir ese último capítulo desde cero, buscar otra manera de desatar el nudo, aunque por dentro sabía que ese nudo era imposible de desatar. Creo que en cierto modo tan solo no quería darme cuenta de que aquel día en que me petrifiqué en medio del escenario mi historia finalizó, sin importar que yo no hubiera terminado; que mi final se escribió por sí solo ese día, porque siempre iba a ser mejor pensar que tenía un final inconcluso que aún podía concluir, que un final escrito que no podía cambiarse porque este ya había salido a la luz. Hoy me doy cuenta de que soñar es un simple escape para los cobardes, para aquellos que temen enfrentar la verdad y que temen arriesgar cuando aún es posible cambiarla. Mientras en mi mente concluían de manera maravillosa un montón de finales, en la vida real mi historia terminaba con mi cuerpo petrificado en ese escenario vacío. Ese mundo fantástico que yacía en mi imaginación, en donde todo era posible, era la manera perfecta de evadir el problema que me dominaba. Era la llave que por un momento me sacaba de ese casillero del que no podía salir, era la manera de sentirme valiente sin tener nada que perder. Aunque sabía que el miedo a perderlo todo era lo que me convertía en una cobarde. Aún sigo petrificada en ese escenario; aún, luego de tantos años, temo seguir actuando por miedo a perder lo poco que me queda, y me duele reconocer que ese miedo sea la razón de que me quede tan poco. Me gustaría saber qué habría pasado de haberme animado a hacer realidad uno de esos tantos finales alternativos, saber si era solo cuestión de arriesgarse o si de igual manera las cosas no iban a cambiar, al menos no para mejor. Me gustaría saber tantas cosas que quizá, de haber sabido, el miedo se hubiera esfumado ese día en el teatro en lugar de todas las personas que apreciaba. Tal vez la vida fue hecha para los valientes, para los que se atreven al cambio, a soportar ser los culpables de empeorar las cosas y a la vez alegrarse de ser los causantes de solucionarlas. Porque, como dicen, el que no arriesga no gana, y en ese caso no arriesgar no evita que pierdas, porque abandonar el juego también es perder en cierto punto, y no hay un término medio para aquellos jugadores que no fracasaron pero dejaron de intentar alcanzar el éxito. Ya que es muy poco lo que diferencia a aquellos que fracasaron en el intento de aquellos que dejaron de intentar, porque en cierto punto ambos son perdedores. Y tiene lógica, porque quizá lo único que diferencia a unos de otros es una simple palabra: es el miedo que paralizó a aquellos que dejaron de intentar y los convirtió en algo más que perdedores, los convirtió en cobardes.
