REFLEXIÓN

La Gallina

Estaba ahí, justo al borde de la carretera, esperando que el semáforo cambiara para aprovechar el momento perfecto para cruzar. Fue ahí cuando me pregunté algo que nunca me había cuestionado. Una pregunta tan simple como por qué razón cruzaría hizo que mi cabeza se sumergiera en una espiral de preguntas que parecían no tener resolución. Frente a los vidrios de vehículos completamente empañados, y sin poder generar un mínimo reflejo, me di cuenta de que todo lo que creía cierto no tenía la mínima gota de verdad, y que la mentira, que era lo que siempre traté de alejar de mi vida, me rodeaba por todas partes. Observé que ese retrato se desvanecía de aquel lienzo que tanto me había costado pintar, hasta que el mismo quedó completamente blanco. Con mi pincel destrozado por tantos años de esfuerzo y dedicación, me resigné a empezar desde cero, me resigné a reescribir una historia que casi estaba acabada, e intenté recuperar ese material que hasta ahora no había dado sus frutos. Mis manos, completamente enchastradas por la cantidad de colores que había utilizado en esos tantos intentos, no me dejaban ver lo que era en realidad. Luego de enmascararme continuamente, entendí que yo, quien decía ser la sinceridad personificada, era la falacia más grande que existía. Falacia que no sería fácil desmentir. Ahí, delante de esa estúpida carretera, observando cómo las personas cruzaban sin cuestionar el motivo, no logré generar en mi interior más que un enorme rencor hacia aquellos que lograban mis propósitos sin esfuerzo alguno. Intentando convencerme de que yo era la que fallaba, quise observar a esos seres peculiares para imitar paso a paso lo que en algún momento los llevaría hasta el otro lado de la calle. Aun así, copiando exactamente cada uno de sus movimientos, no evitaba paralizarme en el momento en que mi pie se alejaba de esa vereda donde siempre me había encontrado a salvo. A veces pienso que quizá nunca intenté cruzar esa carretera, que por miedo a arriesgar preferí permanecer ahí de pie, donde sabía que no corría ningún peligro; elegí culpar al mundo de aquello que me negaba a afrontar y juzgar a aquellos que lo conseguían por no darme la clave para lograrlo. Cuando ellos me enseñaron la clave constantemente, a pesar de que me negara repetidas veces a utilizarla por miedo al error. Porque siempre estuve bien de ese lado de la vereda, pero no sabía lo que me podría encontrar al cruzar. Tal vez, al igual que todos, tan solo temía a lo desconocido, pero lo único que me diferenciaba de esos seres no tan peculiares era la cobardía que no intenté vencer. A veces pienso que quizá nunca quise llegar al otro lado, que el simple hecho de querer tener lo que otros tenían me impidió construir mis propios sueños. Que me inventé día a día para conseguir encajar, y el querer encajar en todos lados fue lo que me hizo no encajar en ninguno. Porque era imposible ser de todos los colores a la vez. Fue en ese momento, paralizada al intentar cruzar al otro lado de la carretera, cuando por fin lo comprendí: yo nunca deseé llegar al otro lado.

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