Tic Tac
Tic tac, tic tac. Tantas veces desearía que ese sonido desapareciera de mi mente, tantas veces desearía pausarlo e ignorar ese reloj que me persigue dondequiera que vaya. El tiempo es una ilusión, pero, a pesar de que no existe, nos atormenta día a día; qué más quisiera yo que detenerlo por un segundo y así, creyendo tener todo el tiempo del mundo, dejar de esperar. Esperar. Esperar el mañana para no vivir el hoy, esperar al indicado para no valorar a quien ya nos acompaña, esperar que suceda para no tener que hacerlo suceder, esperar que el teléfono suene, que el día termine o que empiece, esperar que toquen a nuestra puerta, esperar no darnos cuenta de que lo único que sabemos hacer es esperar. Tic tac, tic tac, solo eso escucho en mi cabeza. No pasa un momento del día en el que no necesite saber en qué hora nos encontramos. Números que en matemática son solo números pasan a ser mis enemigos al encontrarse tras las agujas de un reloj; agujas que parecen estancadas cuando deseo que corran, y que parecen volar en cuanto deseo detenerlas. Sí, el tiempo es una ilusión. Creemos que el tiempo pasa más lento o más rápido dependiendo de en qué situación nos encontremos, pero en realidad el tiempo no pasa: no vuela, no corre ni camina; el tiempo siempre está en el mismo lugar, o más bien nunca está en ninguno. Inventamos el tiempo para organizarnos, hacemos planes en base a él, planes para dentro de dos horas o dentro de dos meses; pero en esos intervalos el tiempo sigue en el mismo lugar. Suponemos que pasa, que no nos alcanza o que nos sobra, pero ese tiempo que tanto nos hace falta para vivir en sociedad es quien nos impide disfrutar de nuestra vida. Horarios, horarios que al ser cumplidos nos hacen creer que estamos a tiempo. ¿A tiempo de qué? Llegar en hora al doctor no significa estar a tiempo de curarse, llegar a tiempo a detener una boda no significa estar a tiempo de impedirla, pedir disculpas a tiempo no significa estar a tiempo de ser perdonado. Porque ese tiempo que creemos que todos manejamos, por ser una ilusión, pasa a ser subjetivo, y que un reloj marque las 6 no significa nada, porque en el otro lado del mundo hay agujas marcando una hora completamente distinta. Segundos, minutos, años; ese tiempo que creemos colectivo es completamente individual, y es eso lo que nos castiga y nos va a castigar eternamente: esperamos que todos sigan nuestro tiempo y eso es completamente imposible. Riiiing. Ese sonido que nos alerta de que es hora, sonido que nos aturde aún más que el tic tac del reloj y que, de pasar desapercibido, nos obliga a correr para intentar rebasar al tiempo. Pero ¿cómo rebasarlo, si siempre está en el mismo lugar? El tiempo no se gana y tampoco se pierde, el tiempo no es mío ni tuyo ni de nadie, el tiempo no existe. ¿Cuántas veces más tengo que repetirlo? Tal vez las suficientes para entender que, aunque lo dijera eternamente, no estaría perdiendo el tiempo. Las suficientes para dejar de esperar. ¿Acaso solo eso tenemos en mente, un montón de frases hechas en donde este fantasma no deja de aparecerse? Recuperar el tiempo perdido, esperar tiempos mejores, aprovechar el tiempo. ¿Por qué no puedo estar al menos un segundo sin involucrarlo? Sí, no hay tiempo. Y con eso no quiero decir que nos apuremos para llegar, o que dejemos de correr porque ya llegamos tarde, porque es tan simple como ver más allá y entender que no hay tiempo, pero tampoco lo hubo y no lo va a haber: el tiempo como lo conocemos no existe. Esperamos para tener un propósito, nos ponemos un plazo para alcanzarlo más rápido, nos frustramos, nos rendimos y volvemos a intentar, esta vez con un plazo más a futuro. Nos presiona saber que estamos tarde, y quizá es por eso que necesitamos creer que nuestra idea de tiempo es la correcta; el tiempo nos pone una presión con la cual todo cobra sentido, y puede que necesitemos de esa presión para no dejar para más adelante lo que quizá podemos resolver en ese mismo instante. Tic tac, solo eso escucho en mi cabeza. El sonido permanece constantemente: por momentos es algo difuso y, al no escucharlo, creo que al fin se ha detenido; a veces retumba firmemente y me hace temer, al mostrarme que no estamos en la misma sintonía; a veces se acelera y las horas parecen tan solo minutos, o, por el contrario, los minutos horas. A veces me recuerda que esta ilusión no es eterna, y así logra asustarme o, en cambio, alegrarme de que no haya terminado; me motiva a aprovecharlo y me desmotiva al mostrarme que no lo he aprovechado. Así vivo siempre, a mi tiempo, a pesar de que en ocasiones necesito acoplarme al tiempo de los otros, así como los otros a veces se acoplan al mío. El tiempo pasa y, aunque trato de no pensarlo, sé que un día este dejará de estar presente, que mi reloj se apagará poco a poco o tal vez en un abrir y cerrar de ojos, y que en ese momento no habrá ninguna clase de tiempo del que preocuparse; que no estaré tarde ni temprano y que el tic tac del reloj dejará de sonar en mi mente.
