REFLEXIÓN

Relatos de un héroe cobarde

Tal vez lo que hasta hoy de mí se conoce sea la mejor imagen que hubiera podido desear; los retratos que de mí circulan por el mundo, de seguro, engloban todas las virtudes que un hombre desea. Sin embargo, y con la esperanza de que mis palabras no lleguen al alcance de nadie, debo confesar que al mirarme al espejo no veo reflejado nada más que a un cobarde. La historia que perdurará en los libros de seguro no se parece en lo absoluto a la realidad de los hechos. Lleno de pena por no poder ser ese al que todos admiran, y por defraudar a millones de personas que desperdiciaron su vida tratando de seguir mi ejemplo, pido disculpas con la cabeza gacha y me condeno al exilio de los honores que sin duda no merezco. Ese día que se conmemorará por siglos, y por el que seguro me agradecerán hasta luego de que mis restos se encuentren hechos polvo bajo una inscripción que consideran histórica, no significó para mí más que el hecho de saber que mi nombre era aclamado sin razón alguna. Con solo observar esas manchas color escarlata sobre mis manos, el oro y la gloria perdieron todo su valor; sobre el lienzo que yacía sobre mis ojos, las gotas de tinta se entrelazaban para contar una historia que no reconocía como mía. Entre el silencio en el que me encontraba sumergido, podía reconocer las voces de las sirenas que trataban de que no me saliera del camino; y aunque luchara contra sus seductoras melodías, me resultaba muy difícil resistirme. Luego de alzar la espada y ser ovacionado por toda la aldea, la victoria me hizo sentir derrotado. Al fin el relato llegaba a su fin, y sin nada más por delante los motivos de mi lucha se volvieron difusos. Ese día en el que alcancé esa meta por la que había trabajado toda mi vida, me di cuenta de que había desperdiciado cada segundo que invertí en alcanzar algo que tener no me produjo satisfacción alguna. Cada guerra de la que me enorgullecía por haber enfrentado con dignidad hoy no era en mi prontuario más que otra de un millón de actitudes de bajeza. Las heridas de las que me levanté intentando no parecer vulnerable empezaron a arder todas al mismo tiempo; intentaba soportarlo, ser fuerte y no quebrar esa coraza de cualidades que me habían otorgado por ocultar el pavor que recorría mis venas, así como las de cualquier ser humano. Me agarré de los escombros innumerables veces y los superpuse unos arriba de otros con la intención de que mi mayor anhelo no se destruyera por completo. Con el tiempo, la multitud de escombros que había recogido era tanta que superó el tamaño de cualquiera de las construcciones de las que fueron parte. Incontables veces se había partido mi corazón y, como buen guerrero, había recogido sus trozos para seguir luchando. De ellos logré levantar un muro tan grande que ni siquiera yo creí que tendría la voluntad de levantar. Pero bastaba con que algo tan insignificante como una piedrita lo golpeara para que la inestable muralla se desparramara por completo, dejando superficies enormes cubiertas de escombros. Por si no les quedó claro entre tanto palabrerío inútil que utilicé con la intención de embellecer una historia de la que no me enorgullezco, vuelvo a repetirlo, y esta vez lo subrayo porque creo que lo menos que puedo obsequiarles es la vergüenza de admitir que no soy valiente. Ruego me destituyan de cualquier actitud heroica que se me atribuya, porque no soy digno de serlo: no soy un héroe, y sin segar la esperanza de que sigan creyendo que lo soy, confieso sobre esta hoja lo que jamás me animaría a admitir públicamente, por el simple hecho de que soy un cobarde. Intentando limpiar la sangre de mis manos y ensordecido por los aplausos que llevan mi nombre, me doy cuenta de que la victoria no tiene por qué ser de los valientes. La actitud de aceptar la derrota a veces requiere mucho más coraje que el hecho de ponerse de pie luego de cada tropiezo. Porque en mi caso haber seguido en la lucha solo significó que no tuve el valor suficiente para cargar con el peso de haber fracasado. Duele admitir que mi victoria está plagada de cobardía, y que la maravillosa historia por la que me conocen y se me conmemorará no refleja enteramente la verdad de lo sucedido. Desvío mi mirada de la sangre de mis manos, que poco a poco comienza a desvanecerse; muestro una sonrisa sutil y, junto con un grito triunfal, empuño la espada y dejo que las voces del prestigio y la fama me seduzcan hasta convencerme de que soy el salvador como el que me conocerán los libros. Me olvido por completo de todos los pensamientos que se me cruzaron mientras todavía podía observar esas manchas escarlata sobre mis manos. Me dejo encandilar por el brillo del oro y vivo una vida honrada de la que no soy merecedor. Sé que desde hoy el mundo entero me nombrará como un héroe, sé que desde hoy yo también intentaré creerlo, pero el recuerdo de la sangre sobre mis manos oculta la única verdad: soy un cobarde.

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