REFLEXIÓN

Reflexión sobre el miedo

Hace unos años fui a una casa donde tenían una perrita labradora. En la familia eran tres hermanos; el menor de ellos la adoraba y la cuidaba muchísimo, por el contrario, los otros dos se burlaban de ella, la maltrataban, la usaban de caballo, de maniquí e incluso de banco.

Sus intenciones no eran malas: hacerlo les divertía y no sabían que esto dañaba a la perrita, y obviamente ella no podía decírselo. Tal era su dolor que un día se volvió agresiva y miedosa, y en cuanto llegaba la hora en que los niños venían de la escuela, saltaba el portón y se escondía en el descampado del fondo hasta que llegaba la noche.

Pero, a pesar de eso, siempre volvía a su casa, porque ahí tenía comida y un techo y no sabía qué podía encontrarse al abandonar su hogar; simplemente trataba de no cruzarse con ninguno de los niños, incluso con aquel que día a día llenaba sus platos con agua y comida.

Se volvió desconfiada, y eligió desconfiar para no tener que sufrir al darse cuenta de que ese niño que tan bien la trataba tampoco la quería; evitó a los buenos por miedo a que estos se volvieran malos, y a los malos por miedo a que nunca se volvieran buenos. La perrita, intentando estar bien, terminó triste. La soledad en la que se había encerrado tampoco la hacía feliz: sí, evitó el dolor que le causaban los dos hermanos, pero también evitó el amor que le brindaba el tercero de ellos. Y es irónico pensar que lo que la mató no fueron los niños que se le sentaban arriba o el barro que le tiraban; la mató su miedo, murió de soledad.

Es así, la soledad lastima, mata; un día te agarra desprevenido y se instala en tu vida, te engaña y te hace creer que es la solución a los problemas, poco a poco te va consumiendo, y un día, sin darte cuenta, no queda nada.

La situación me recuerda a esa historia de la casita en el campo. En ella vivía un granjero muy bueno y humilde; su cabaña de madera tenía goteras y manchas de humedad. Un día unos señores vinieron y le ofrecieron una casa en la ciudad a cambio de que les vendiera su terreno, y el granjero, seducido por el césped verde, los dibujos de las paredes, los ventanales y la maravillosa iluminación que observó en las fotos que le mostraron, aceptó el trato.

Al llegar a la ciudad se dio cuenta de que el césped era artificial, y los dibujos, simples láminas de papel. A pesar de ello trató de ser positivo y disfrutar de su nueva vida. Poco a poco se dio cuenta de que las cosas no eran tan perfectas como imaginaba: el gallo no lo despertaba, pero un montón de bocinazos no lo dejaban dormir durante toda la noche; había menos insectos, pero un montón de gente lo molestaba ofreciéndole promociones; tenía las cosas al alcance de su mano y justamente eso lo hacía necesitar cosas que hasta entonces no había necesitado. Con el tiempo la luz empezó a fallar, los vidrios finos de los ventanales se agrietaron con la tormenta, las paredes se resquebrajaron, y un día la casa terminó cayendo, ya que estaba muy mal construida.

Se sabe que lo barato sale caro, pero el granjero necesitó quedar en la calle para comprenderlo. Mientras tanto, los señores que se habían quedado con su campo llenaban de dinero sus bolsillos, ya que una mina de petróleo era parte del terreno del granjero. A veces en nuestra vida se cruzan flashes que nos encandilan y nos hacen creer que la felicidad está al alcance de nuestras manos. Todo lo que no conocemos parece perfecto hasta el momento en que simplemente entendemos que no lo es. Que nada es lo suficientemente bueno y que incluso lo que a veces nos parece mejor termina siendo lo que más nos lastima.

Le tememos a lo desconocido y tratamos de convencernos de que lo conocido es lo mejor, porque nos asusta cambiar y terminar peor de lo que estábamos. Cuando nos arriesgamos a cambiar, intentamos convencernos de que hicimos lo correcto, por miedo a haber fallado y ser los culpables de estar como estamos. El miedo nos hace débiles, nos hace actuar sin pensar. Evitamos las situaciones día a día y por eso es que nunca resolvemos nada. Nos frustra ser cobardes, pero nunca nos animamos a actuar con un poco de valentía.

Tratamos de que no nos lastimen y es por eso que seguimos lastimados: evitando que nos vuelvan a dañar, también evitamos que nos curen. Estamos mal, pero no pedimos ayuda, porque justo cuando vamos a hacerlo se nos cruza esa pregunta. ¿Y si termino peor? No estamos bien, pero no hacemos nada por estar mejor, por miedo.

Nos engañamos. Odiamos la mentira, pero nos engañamos constantemente; nos mentimos al decir que estamos bien o que hacemos todo por estarlo. Nos mentimos al creer que un día simplemente todo va a mejorar, que sin accionar en absoluto nuestros sueños se van a hacer realidad, que las cosas van a cambiar algún día.

Creemos en historias de fantasía, donde siempre existe el final feliz; en la justicia; en que nada es imposible si uno de verdad lo desea. Eso son películas, es ficción, son mentiras. Verdades son las historias que mencioné antes: historias de amores que nunca se encuentran, de enfermedades que no se curan y de sueños que no se cumplen. Historias para adultos que saben entender que uno no siempre consigue lo que quiere.

Son historias para valientes, pero no de valientes, y es simplemente por eso que no queremos escuchar esas historias: porque nos dan miedo, el mismo miedo que sentimos cuando aún hay posibilidad de cambiar el final. Historias que preferimos evadir cambiando de canal y mirando una buena película de princesas.

La verdad está mucho más cerca de lo que creemos, o de lo que queremos creer, porque tanto en Uruguay como en China la vida no es perfecta: somos nosotros los que la hacemos perfecta, encontrando nuestro ideal de perfección y aceptando que del ideal a la realidad siempre va a haber variaciones.

Mirando el vaso medio lleno y no medio vacío es que nos convencemos de que tenemos muchísimo, teniendo absolutamente lo mismo que aquel que elige verlo de la otra manera. Somos nosotros los únicos que podemos cambiar, enfrentar el miedo y animarnos a confiar para que la soledad no nos destruya; dejar de esperar una ilusión para ilusionarnos con vivir nuestro día a día.

Encontrar ese toque de blanco para añadirle al negro y así vivir con el tono de gris más claro que consigamos, y seguir así, agregando más y más blanco para que el negro desaparezca. Pensar en lo bueno no es tapar los problemas, porque esas cosas buenas también existen: es elegir lo que nos hace bien, cosa que a fin de cuentas es lo que queremos hacer, a pesar de que siempre lo intentemos de la manera equivocada.

No se puede vivir eternamente como un niño y esperar imposibles; la fantasía funciona por el momento, pero llega un día en el que hay que soltarla y arriesgarnos a hacer nuestra realidad lo más fantasiosa posible. Nosotros mismos somos nuestra hada madrina, y aunque tal vez no podamos convertir nuestra solera de playa en un maravilloso vestido brillante ni nuestra bicicleta en una limusina de lujo, tenemos el poder de decidir si ir al baile o quedarnos en casa. Tal vez vayamos en bici y con solera de playa, pero si tanto detestamos la soledad, ¿por qué elegiríamos estar solos? ¿Por miedo al qué dirán?

¿En serio vale la pena perderse lo bueno por miedo a lo malo, evitar los sueños por miedo a que no se cumplan, evitar amar por miedo a no ser amada? Así simplemente evitamos la vida. Vivimos esperando el final cuando podemos vivir esperando que no se termine; cuando podemos dejar de soñar para vivir un sueño, simplemente con animarnos, dejando la cobardía y enfrentando al verdadero villano de la historia: el miedo.

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